09 junio 2008

Càpsula | Crònica Diari de Mallorca


Y el progreso trajo el regreso

Hace unos días estaba leyendo en la prensa local cómo se entrenaban los acróbatas en una de las más famosas escuelas de Beijing. La mayoría eran niñas que empezaban con el sacrificado trabajo de la acrobacia a la edad de 7 años. Algunas de ellas se incorporaban ya siendo mayores después de una fugaz y frustrada carrera como gimnastas. Durante el adoctrinamiento, más digno del ejército que de un grupo de niñas, los profesores eran poco menos que férreos sargentos de la disciplina. Pero en este ambiente 100% asiático, un día llegó un profesor europeo. Sueco, si no recuerdo mal. En una de sus primeras clases, según el artículo, regaló una flor a una niña de 8 años. Ella la miró y con un gesto de desprecio, la rechazó. El instructor quedó pensativo. Esas pequeñas maquinitas acrobáticas entrenaban 15 horas al día durante todos los días de la semana. Uno libre al mes para ver a sus padres. Y punto. Decían que para un espectáculo de 5 minutos se debían entrenar unos diez años. ¡Horror!, pensó el profesor. ¿Cuándo tendrían la oportunidad de jugar, de divertirse, de buscar bichitos en el campo o de pintarse con el maquillaje de sus madres? Esas niñas, que debían estar peinando muñecas, con vestidos sucios de la arena del parque y con las rodillas rasgadas de jugar, no eran más que las aspiraciones frustradas de sus instructores y una manera inequívoca de asegurarse la jubilación por parte de sus padres. El sueco no duró mucho tiempo en la escuela. Esa deshumanización le ahogaba en una atmósfera tan mecánica. Es muy posible que nadie en la escuela entendiera porqué el sueco dejara la academia. Tampoco porqué algo tan simple como ese rechazo pudiera hacerle volver a su país.

Es cierto que cuando vivimos un día a día cruel, salvaje y agreste, hasta las cosas más extremas pasan desapercibidas. Apagadas, incoloras y escondidas a nuestra vista, quedan las cosas básicas que nos dan la felicidad. A veces, incluso, debemos esperar que alguien de fuera nos dé una flor o unas palabras para que volvamos al pasado, a las cosas básicas, a aquello que nos hace plenos.

A veces, de camino a la facultad hay un músico que toca una flauta de madera. Casi siempre tiene los ojos cerrados. ¿Qué debe estar pensando? A lo mejor se imagina tocando en el escenario en el Teatro Nacional de Pekín, escuchado por miles de personas. O en el campo, en aquella provincia que dejó años atrás. O en su casa, donde sentada en una silla, aquella gimnasta le escuchaba atónita.

Yo hice lo mismo. Cerré los ojos, y con la magia de volar, me recordó al flabiol de Mallorca, les festes de Sant Joan de Ciutadella, las de Alaior i les de Sant Bartomeu en Ferreries. La foto, extraída del blog de Carol López (http://carollopezortega.blogspot.com) es de aquellas que transmiten la fuerza, el coraje y el aroma a casa de aquellos que estamos lejos.

Mi blog, Nótulas de Viaje|Un mallorquín en Pekín, es una ventana para ver y trasmitir, con ojos mallorquines, todo aquello que puede hacerte trasladar, aunque sea por unos minutos, al otro lado del mundo. (www.notulas.com)